miércoles, 29 de agosto de 2012

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Un día dejas de dormir, empiezas a comerte la cabeza, a fumar, beber, llorar. A joderte, pero...

Pero de alguien hay que acordarse en las canciones tristes, no?

sábado, 25 de agosto de 2012

Quinta canción.



Las calles se quedaron pequeñas y solitarias después de que aquel huracán pasara, se llamaba Katrina, piernas largas y un corta y alocada melena pelirroja barrió el pequeño pueblo. 
Durante todo el verano que Katrina estuvo en ese pueblo, muchas cosas habían cambiado, hasta consiguió cambiar a un pequeño y extraño corazón lleno de dardos y pinchazos.
Aquel huracán se encargó de poner parches en las noches de agosto, parches que caerían como caen las hojas doradas cuando llegase el otoño.
Finales de verano, veinte años, toda una vida por delante. Inocencia en la cara, los sueños los llevaba en los pulmones, respiraba por ellos.
La música sonaba, ella soñaba con ella y sonreía. 
Katrina intentaba estar feliz esa noche aunque llevaba tormentos y tormentas en sus pupilas que, amenazaban con descargar con furia todo lo que llevaban dentro, nubes oscuras y lluviosas que Katrina tenía por ojos.

Beber. Quería beber para olvidar aquellas jodidas mariposas en el estomago que eran como dardos que me acuchillaban. Quería beber hasta que en mi cuerpo hubiese más alcohol que sangre. Beber hasta conseguir ver doble, para así, verte doble.
Y verte dos veces como huyes.
Quería desprenderme de aquella carga, de aquel equipaje que había llevado todo el verano en mis hombros. Cargando peso innecesario que hacía que mis huesos se resquebrajaran y dejaran de funcionar, peso que aumentaba con cada noche y me ahogaba con cada día que pasaba, porque lo nuestro no tenía fundamento, pero para mí era fundamental.
El bajo de alguna canción moderna latía al mismo compás que mi corazón, caminaba entre callejuelas que conducían a un mismo sitio, aquella plaza decorada, llena de luces, era un sitio extraño donde encontrarte, tú que nunca salías, tú que nunca te dejabas ver.
Había tanta gente que me costaba distinguir donde acababa una persona y donde empezaba otra. Cientos de cuerpos se mecían de un lado a otro.

La plaza estaba llena de gente menos importante que tú y eso lo sabías Katrina, estaba allí y eso era lo importante lo único que nos importaba. Deseaba no decirte nada, cogerte, bailar y ser, en aquel momento, como habíamos hecho todo el verano, pero teníamos demasiadas tormentas por desencajar y no había mucha noche por delante.Solías decirme que te había quitado el corazón, era un ladrón por ello pero sobre todo era un delincuente por no haberme preocupado por ello. En eso mentías. Aquellas últimas semanas se nos hicieron cortas y desde un principio supiste como acabaría todo esto. 

Unas manos le rodearon y le acariciaron la espalda con dulzura, la mañana ya estaba cerca pero él estaba allí. De repente, la música se detuvo, toda la plaza con ella también se congeló, o eso le pareció a ella.

 Te avisé Katrina, pero tú dijiste que eso no nos pasaría a nosotros,sonreíste y te pusiste a hablar de otras cosas, de cosas que haríamos al acabar el verano, cosas que nunca llegarían a ser nuestras.

-Shhh, no hablemos.
Dijo intentando escapar de las palabras y acercándose a él para conseguir que este olvidara lo que tenía que decir.
-Escúchame....- dijo aguantando su cara con las dos manos y haciendo que esta lo mirara a los ojos.- Me gustaría que este verano, que esta noche no acabara nunca, porque aquí tu y yo estamos bien, pero es solo aquí y ahora. Kat dije que esto llegaría, que no te podías fiar de mí, pero tú lo intentaste y yo no puedo cambiar, no sé ser de otra forma.
Los ojos de Katrina empezaron a descargar tormentas.
-Te avisé Kat, tu amas, amas, amas, cuando sabes que yo no puedo amar.




You love, love, love when you know I can't love.
Tu amas, amas, amas, cuando sabes que yo no puedo amar.

jueves, 2 de agosto de 2012

Cuarta canción.


Carta para Martina con aquellas cosas que quise decirte pero que nunca salieron de mí.

    La habitación estaba en penumbra, a pesar de estar la persiana subida al máximo, la luz había dejado de entrar hacia horas, pero los temores se habían quedado allí. Parecía que el color había salido de nuestras pieles y nos hubiéremos tintado de blanco y negro.
Aguantaba las lágrimas porque no quería llorar delante de ti, pero los dos sabíamos demasiado a que habías venido a aquella habitación de hospital. A despedirte. Aquello era una despedida, a pesar de que tú estabas convencida de que era un hasta pronto, pero aquella masa que se había quedado a vivir en mi cabeza me decía que no iría bien.
Siempre, desde antes de que yo me hiciera un visitante continuo en los hospitales, me habías dicho que el olor a hospitales te repugnaba, aquella olor a productos de limpieza y a látex revolvía tus entrañas y las arcadas llegaban a tu garganta, pero aun así nunca me dejabas solo en un lugar como aquel.

    Sábado por la noche, estaba seguro que tenías cosas mejor que hacer que estar allí conmigo, pero lo mejor de todo es que estabas y yo te necesitaba.
Te acercaste lentamente a mi cama y te sentaste en el bordillo temiendo no moverte demasiado por si me rompía. No hablabas, sonreías, me mirabas y sonreías. Yo tampoco necesitaba más, no sabía que decirte.
Se supone que antes de una operación como aquella mi cabeza debía de estar despejada, pero pensamientos que nunca habían pasado por mi mente, esa noche se pasearon por allí.
En aquel momento la habitación estaba completamente en silencio y eso no me incomodó.
 Mirabas fijamente a un punto a través de la ventana mientras yo cerraba los ojos, sentía una presión en el ojo izquierdo que se me pasaba durmiendo, pero no lo quería hacer. Así que empecé a mirarte de reojo como, continuamente te apartabas un mechón pelirrojo que se te caía a la cara y te molestaba. Eso me hizo sonreír, quería decirte que lo dejaras donde estaba, que me gustabas así, pero callé.
-Martín, -dije- ¿te acuerdas? Así te llamaba yo cuando éramos pequeños y siempre te enfadabas...
-Ef, no hagas eso.
-¿Lo qué?
-Recordar, ahora no recuerdes, simplemente sé.
Martina, aquella chica que siempre había estado cerca de mí, siempre con sus frases y proverbios que nunca entendía.
Simplemente sé.
-¿Te puedo pedir un favor? -Asentiste- Ayúdame a levantarme.
-Ef no deberías.
Intenté levantarme por mí mismo, estaba débil, pero aun así conseguí ponerme de pie. Busqué mi móvil y puse una de mis canciones preferidas, Pereza empezó a sonar.
-Es una tontería Martina pero,- desvié mi mirada hacía el suelo, ahora, después de tantos años no podía aguantar mucho tiempo mirándote a los ojos, me sonrojaba y me ponía nervioso- te podrá parecer anticuado, raro, pero...
-¡Suéltalo!
-¿Quieres bailar conmigo?
-¿Bailar? Deberías descansar.
Pero en aquel momento no quería dormir, no, quería que aquella noche pasara lenta, que fuera nuestra noche. Me acerqué a ti, más de lo que estaba acostumbrado a acercarme. Sonreíste. Había sido un estúpido, por no verte de la manera que te veía en aquel momento. Te cogí de las manos y tu dudaste de poner tu cabeza sobre mi hombro. Poco a poco y bastante torpes empezamos a movernos a ritmo de la canción, con los ojos cerrados nos mecíamos mientras yo paseaba mi mano por tu espalda. Tenías los ojos cerrados y sonreías. Quise besarte, pero estaba demasiado mareado para intentarlo y no quería despegarme de ti, quería pasar todo el tiempo perdido y todo el tiempo que iba a perderme pegado a ti.
No se cuanto tiempo pasamos así, después de que la música se parara, solo quedaron las sonrisas y nosotros en ellas. En silencio, continuábamos balanceándonos lentamente porque teníamos miedo de parar. De parar y que todo se acabase, que me acabara. 
Sonaba extraño, referirme a ti y a mi como a un nosotros, pero esa noche lo hice. 
-Efrén, -mi nombre rompió aquel silencio y me erizó- mañana, te espero fuera.
Cerré los ojos y los apreté fuertemente, un beso suave aterrizó en mi mejilla, no supe qué decir, no me sentía capaz de cumplir a tu promesa Martina y no la cumplí.

Si aun dices venga, yo digo vale.

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