lunes, 14 de enero de 2013

A miles estrellas cósmicas.


Y sin quererlo llegó, fue algo inesperado y desde luego
fue algo que pensaba que controlaba.

Lo había plasmado miles de veces sobre una hoja blanca, fría, sin sentimientos. Lo había imaginado tantas veces como estrellas hay en el cielo, pero nunca había sido yo la protagonista. Cansada de imaginar, de crear magia con palabras, magia que ansiaba vivir con todas mis fuerzas, con cada parte de mi ser, llegó.

Ojos marrones como el chocolate más dulce que había probado, ojos que al sol se volvían verdes, felinos. Sonrisa que producía cosquillas y voz grave. Ese era el conjunto de cosas que me nubló la razón que despejó mi cielo y que se coló en mi pequeña caja de memorias, desterró a las otras y se quedó reinando en aquel pequeño lugar. Desde aquel momento solo quise conocer esas tres cosas, pero aquellas cosas parecían vivir en otro planeta.
Dispuesta a convertirme en astronauta para conseguirlas, me calcé mis mejores botas y empecé a caminar. La realidad me ataba al suelo era como la gravedad.
Volar, eso era lo que hacía cada vez que mi mirada se cruzaba con tu sonrisa, notaba como poco a poco me estaba despegando del suelo y no había techo para pararme, solo un puñado de palabras sin magia conseguían pegarme de nuevo a la superficie helada, pero cada vez que alguien conseguía bajarme de aquel vuelo, cada vez, aterrizaba con más fuerza, cada vez me hacía más daño.

Y aún estoy así, moviéndome a una galaxia de ti, a miles de estrellas cósmicas que no impiden que deje de mirarte.

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